Las apariciones de la Virgen María en París en 1830

Y el cielo bajó a la tierra…Desde julio hasta diciembre de 1830 sor Catalina, joven novicia de la Hijas de la Caridad, recibe el inmenso favor de conversar tres veces con la Virgen María

Una historia que comenzó en París, una noche de noviembre

Francia, 1830.

El mundo acababa de cambiar para siempre. Cuarenta años después de la Revolución Francesa, Europa entera sentía todavía el temblor de sus consecuencias: el Rey había sido destronado, la fe pública estaba bajo sospecha, y los grandes valores —libertad, igualdad, fraternidad— habían sido vaciados de Dios y llenados de sangre.

En ese momento exacto, la Virgen María decidió aparecer. No ante un rey ni ante un teólogo. Ante una joven novicia de 24 años, hija de granjeros, huérfana de madre desde los nueve años.

La historia de la Medalla Milagrosa es, antes que nada, una historia de amor.

 

¿Quién era Catalina Labouré?

Catalina creció en el norte de Francia en una familia sencilla. Cuando murió su madre, siendo niña, hizo algo que lo dice todo de ella: cogió una imagen de la Virgen, se subió a una silla para llegar hasta ella, y le dijo:

«De ahora en adelante, tú serás mi madre.».

Años después, soñó con un sacerdote anciano que le decía: «Vendrás a mí, y tienes una misión.» Cuando fue a visitar a su hermana religiosa, reconoció al sacerdote del sueño en un cuadro que colgaba de la pared: era San Vicente de Paúl.

Así supo cuál era su camino. En 1830 ingresó como novicia en las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac 140, París

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Pintura moderna con colores vivos

Primera aparición: 18 de julio de 1830

Era la víspera de la fiesta de San Vicente de Paul. Catalina quería tanto verle a él como a la Virgen, que aquella noche hizo algo entrañable: cortó por la mitad un trocito de reliquia del roquete de San Vicente… y se lo comió. Le pidió que intercediera para que pudiera ver a la Madre de Dios. A las 11:30 de la noche, escuchó que alguien la llamaba por su nombre. Era un niño pequeño, luminoso, que le dijo:

«Sor Labouré, despierte. La Virgen la espera en la capilla.»

Catalina dudó —era novicia, ¿cómo iba a pasear por la casa de noche?— y el niño respondió a sus pensamientos: «No te preocupes. Todo el mundo duerme.»

Fueron juntos por los pasillos oscuros. La capilla estaba encendida, como si hubiera Misa solemne. Y entonces apareció Ella: sentada en un sillón, con una quietud que llenaba toda la sala. Catalina corrió hacia Ella y apoyó las manos en sus rodillas.

«Fueron los momentos más bonitos de mi vida. Me es imposible decir lo que sentí.»

La Virgen le habló con calma y claridad:

«Los tiempos serán malos. Vendrán calamidades. El rey será destronado. Pero ven al pie de este altar. Aquí, las gracias serán derramadas sobre todos los que las pidan con confianza y fervor. Cuando todo parezca perdido… Yo estaré con vosotros.»

Diez días después, el rey Carlos X huyó de París. El confesor de Catalina empezó a tomársela en serio.

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La aparición de la Medalla: 27 de noviembre de 1830

Era sábado, las 17:30 de la tarde. Las novicias rezaban en silencio en la capilla cuando, de repente, ante el cuadro de San José, apareció la Virgen. Lo que Catalina vio fue así:

Primer cuadro: La Virgen estaba de pie sobre el globo terráqueo, aplastando una serpiente. Sostenía entre sus manos un pequeño globo dorado coronado por una cruz, que elevaba hacia Dios. Y Catalina escuchó:

«Esta bola representa el mundo entero, Francia y cada persona en particular.»

Segundo cuadro: Los anillos de los dedos de la Virgen se llenaron de piedras preciosas que desprendían rayos de luz en todas las direcciones. Una voz explicó:

«Estos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden.»

Y entonces Catalina vio algo que la dejó sin palabras: algunas piedras no desprendían luz. La voz añadió:

«Estas son las gracias que se olvidan de pedirme.»

Alrededor de la imagen se formó un óvalo con esta inscripción en letras de oro:

«¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!»

Después, el cuadro dio la vuelta. Catalina vio el reverso: una gran M coronada por una cruz, y debajo, los dos Corazones —el de Jesús con la corona de espinas, el de María traspasado por una espada— rodeados por doce estrellas.

Y la Virgen dijo:

«Haced acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias.»

¿Por qué se llama «Milagrosa»?

En 1832 una epidemia de cólera asoló París. El confesor de Catalina, que durante dos años había ignorado sus visiones, habló finalmente con el arzobispo. «Si no hace bien, al menos mal no hará», dijeron, y mandaron acuñar 1.500 medallas.

Las distribuyeron. Y la gente empezó a curarse.

Pronto toda París la llamaba «la medalla milagrosa», y el nombre se le quedó para siempre.


Durante 46 años, nadie supo que la novicia de las visiones era Catalina. Trabajó en silencio cuidando a ancianos y pobres en el barrio de Reuilly. Solo seis meses antes de morir, obedeciendo a la Virgen, reveló su identidad.

Cuando exhumaron su cuerpo 60 años después, estaba incorrupto. Un médico, al verle los ojos, dio un paso atrás y gritó: brillaban como si estuvieran vivos. Eran los ojos que habían visto a la Virgen.

La Medalla Milagrosa no es un amuleto ni una lámpara de Aladino. Es un sacramental: una señal sagrada que actúa según la disposición interior de quien la lleva. Nos recuerda dos cosas muy concretas:

  1. Reconocer a María como Inmaculada — Madre de Dios, Madre nuestra, Corredentora con Cristo en la obra de la salvación.
  2. Recurrir a Ella — pedirle con confianza, sin miedo. Los rayos que no brillan son las gracias que nadie pidió.

«Cuando todo parezca perdido… Yo estaré ahí.»

Ese es el mensaje de la medalla. Una promesa de madre para tiempos difíciles. Y para cualquier tiempo.

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¿Sabes todo lo que significan los simbolos de la Medalla?

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En el anverso:

✦ La oración «¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!» Una plegaria en honor de su Inmaculada Concepción —dogma proclamado por Pío IX en 1854, veinticuatro años después de que la Virgen la anunciara aquí— y una petición que nos anima a acudir a nuestra Madre, que desea ayudarnos.

✦ Los rayos de luz Son el signo de las gracias que la Virgen María quiere derramar sobre quienes se las piden. Si le pedimos, Ella da. Las piedras oscuras, sin luz, son las gracias que nadie pidió nunca.

✦ La serpiente aplastada Representa al demonio, vencido por María, tal como se anunció en el Génesis: «Ella te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). La misma Mujer del Génesis aparece en el Apocalipsis «vestida de sol, con la luna bajo sus pies» (Ap 12,1): es la misma, en la misma batalla.

✦ El año 1830 Dios se hace presente en el tiempo concreto. Aquí y ahora.

En el reverso:

✦ La Cruz con la M entrelazada Simboliza a María al pie de la Cruz, siempre unida a su Hijo Jesús, el Salvador. No se fue cuando más dolía. Tampoco se irá ahora.

✦ Los dos Corazones El Corazón de Jesús, coronado de espinas y llameante de amor por cada uno de nosotros. El Corazón de María, traspasado por la espada del dolor: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35). Juntos. Siempre juntos.

✦ Las doce estrellas «Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Las doce estrellas son imagen de la Iglesia edificada sobre los doce Apóstoles.


Llevar esta medalla es llevar un recordatorio de que somos amados, de que no estamos solos, y de que hay una Madre que espera, con las manos llenas de rayos de luz, a que se los pidamos.

¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!

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